sábado, 19 de noviembre de 2011

descartes

El puerto.
Las gaviotas que sobrevuelan el puerto. La joven apoyada en el alfeizar de su ventana contemplando la salida del sol.
El mar.
Los pescadores dispuestos a faenar, dispuestos a batallar.

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Sobre ruedas gastadas viaja cada mañana por la ciudad. No tiene un lugar predilecto, tan sólo coge su vieja chaqueta verde y se dirige a la parada de autobús más cercana. Entre murmullos para sí mismo o para aquel que quiera escucharle, desciende por Barqueta y se adentra en Torneo. Ninguno se fija en él, salvo una niña que no hace mucho dejó de serlo. Los pasajeros se escurren a su lado y huyen perseguidos por lo extraño que ellos mismos han creado. Con las manos cogidas y la mirada al frente, observa cada nuevo rostro en esta línea circular mientras sigue murmurando para sí mismo y para quien le quiera escuchar.
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Ain't no grave
Las cadenas arrastran por el suelo la vergüenza en la memoria de quien se sabe vencido. En el aire, brisas sobre el asfalto. Veinte años de pena y una condena de por vida. Días y atardeceres, tan sólo tierra árida. Tras el golpe de cadena, las sonrisas mellada de unos niños le esperan. Las noches de tormenta que su voz les hacía ignorar siguen allí, suspendidas en algún tiempo.
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1 comentario:

comoungorila dijo...

helio no sé, peor al mundo le quedan tus escritos, que deberían ver la luz más a menudo!