viernes, 20 de enero de 2012

Todas las mañanas

En el fondo, el sofá, apenas iluminado por una lámpara. En él, una hermosa mujer hojea incesante, como si buscara algo con urgencia, el periódico que cada mañana abandonan ante su puerta. Junto a ella, cerca de sus pies y sobre su zapatilla izquierda, el gato al que todavía no han puesto nombre (demasiadas diferencias de opiniones) se ha hecho un ovillo y una de sus patas roza levemente el suelo.


Del bloque, ningún ruido parece provenir, como si quisieran hacerles sentir que ese momento es sólo suyo, de los dos pequeños habitantes del tercero derecha.

En la radio, políticos embutidos en sus trajes intentan hacer creer lo imposible y desde la cocina, el ruido de la cafetera acompaña a estos dos jóvenes náufragos de su propio destino. Pronto, el aroma a café negro recién hecho impregnará cada una de las habitaciones.

Por el pasillo, con paso lento y gestos torpes, aparece él recién levantado. Se detiene ante la entrada de la sala, se apoya en el marco y no puede evitar observar la escena. Se siente dichoso por poder contemplarla cada mañana.

En la radio suena ahora el viejo tema de Van Zandt que bailaron hace mucho. Él, absorto todavía en la suerte que vive, se acerca a esa dama que no ha reparado en su presencia y la invita a bailar.

“...take me down Little Susie, take me down…”

Bajo la cálida luz de esa lámpara, embriagados por los recuerdos y las caricias, la mañana va pasando en el tercero derecha.

martes, 6 de diciembre de 2011

"He aquí que el silencio fue integrado
por el total de la palabra humana,
y no hablar es morir entre los seres:
se hace lenguaje hasta la cabellera,
habla la boca sin mover los labios,
los ojos de repente son palabras...

...Yo tomo la palabra y la recorro
como si fuera sólo forma humana,
me embelesan sus líneas
y navego en cada resonancia del idioma..."


Pablo Neruda

lunes, 21 de noviembre de 2011

Y de golpe, la puerta se cerró y ya no sintió nada.

sábado, 19 de noviembre de 2011

descartes

El puerto.
Las gaviotas que sobrevuelan el puerto. La joven apoyada en el alfeizar de su ventana contemplando la salida del sol.
El mar.
Los pescadores dispuestos a faenar, dispuestos a batallar.

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Sobre ruedas gastadas viaja cada mañana por la ciudad. No tiene un lugar predilecto, tan sólo coge su vieja chaqueta verde y se dirige a la parada de autobús más cercana. Entre murmullos para sí mismo o para aquel que quiera escucharle, desciende por Barqueta y se adentra en Torneo. Ninguno se fija en él, salvo una niña que no hace mucho dejó de serlo. Los pasajeros se escurren a su lado y huyen perseguidos por lo extraño que ellos mismos han creado. Con las manos cogidas y la mirada al frente, observa cada nuevo rostro en esta línea circular mientras sigue murmurando para sí mismo y para quien le quiera escuchar.
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Ain't no grave
Las cadenas arrastran por el suelo la vergüenza en la memoria de quien se sabe vencido. En el aire, brisas sobre el asfalto. Veinte años de pena y una condena de por vida. Días y atardeceres, tan sólo tierra árida. Tras el golpe de cadena, las sonrisas mellada de unos niños le esperan. Las noches de tormenta que su voz les hacía ignorar siguen allí, suspendidas en algún tiempo.
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